De como nada se crea ni se destruye, solo cambia de forma, o el ciclo de lo bienes y el dinero, explicado a los lectores en el siglo XVII

 CAPÍTULO UNDÉCIMO,

del extraño discurso de Simplicius con una resma

(…)

Desperté mucho antes que los propios habitantes de la casa, pero también por eso no pude salir de la cámara a aliviar una carga que sin duda no era grande pero sí muy molesta de sobrellevar determinado tiempo. Sin embargo, me encontré detrás de un tapiz con un lugar destinado al efecto, que algunos suelen llamar gabinete, mucho mejor equipado de lo que habría podido esperar en tal necesidad. Me senté a toda prisa, y pensé cuán preferible a mi noble bosque era esta bien adornada cámara en la que tenía ocasión de aculillarme, extraño y familiar a un tiempo en aquel lugar, sin padecer el miedo y las angustias que había superado otras veces. Una vez despachada la cosa, cuando estaba pensando en las artes y enseñanzas de Tanpronto, cogí de un cuaderno que colgaba a mi lado un pliego de papel en octavo para proceder con él, a lo que estaba condenado junto a otros en esa cámara y preso en ella.

—¡Ay! —dijo entonces este—. ¿Así que por mis fieles servicios y múltiples penalidades, soportadas durante largo tiempo, por los riesgos corridos, trabajos, miedos, miserias y dolores, he de experimentar ahora y soportar el agradecimiento general del infiel mundo? Ah, ¿por qué en mi juventud no me habrá devorado un pinzón, y hecho de mí estiércol enseguida, para que pudiera servir a mi vez a mi madre la tierra, ayudándole con mi innata carnalidad a producir una agradable florecilla o hierba, antes de que semejante vagabundo se limpiara conmigo las posaderas, alcanzando mi fin definitivo en un montón de mierda? ¿O por qué no me habrán utilizado en un retrete del rey de Francia, al que limpia el culo el de Navarra? ¿No habría sido mayor honor que quedar al servicio de un monje renegado?

Yo respondí:

—Bien veo en tus palabras que eres un individuo sin valor, indigno de otro entierro que aquel al que ahora voy a enviarte. Va a dar igual si eres enterrado en tan apestoso lugar por un rey o un mendigo, para que te permitas hablar de forma tan grosera y descortés, de lo que en cambio me alegro en el alma. Pero si tienes algo que alegar respecto a tu inocencia y los fieles servicios prestados al género humano, puedes hacerlo: mientras todo el mundo duerme en la casa, te daré con gusto audiencia, y te preservaré, una vez establecidos los hechos de tu presente ruina y decadencia.

A esto respondió la resma:

—Mis antepasados estaban al comienzo, según testimonio de Plinio, libro veinte, capítulo veintitrés, en un bosque, donde vivían en libertad en su propia tierra y extendían su especie. Fueron obligados a entrar al servicio del hombre como hierba salvaje, y denominados todos ellos con el nombre de cáñamo. De este broté y fui plantado siendo una semilla, en los tiempos de san Wenceslao, en el pueblo de Goldscheur, de cuyo lugar se dice que en él crecen las mejores semillas de cáñamo del mundo. Allí me tomó mi plantador del tallo de mis padres y me vendió, en primavera, a un buhonero que me mezcló con otras semillas de cáñamo extrañas y regateó con nosotras. El mismo buhonero me vendió luego a un campesino de la vecindad, y ganó en cada medida medio florín, porque de pronto subimos nuestro precio y encarecimos. Así que el mencionado buhonero fue el segundo que ganó conmigo, porque mi plantador, el que inicialmente me había vendido, ya adelantaba la primera ganancia. El campesino en cambio que me compró me tiró a un campo fértil y bien cultivado, donde no pude menos que pudrirme y morir bajo la peste del estiércol de caballo, cerdo, vaca y otros. Pero saqué de mí mismo un alto y orgulloso tallo de cáñamo, en el que fui poco a poco transformándome, y en mi juventud pude decirme: «Ahora serás, como tus antepasados, fértil multiplicador de tu especie, y producirás más grano y semilla de lo que ninguno de ellos hiciera». Pero apenas se había animado un poco mi desvergüenza con tales esperanzas, cuando oí decir a muchos que pasaban: «¡Mirad qué campo lleno de cuerdas de horca!», lo que tanto yo como mis hermanos consideramos un mal presagio, pero nos consolaba a nuestra vez oír decir a algunos viejos campesinos: «¡Mirad! ¿Qué hermoso y excelente cáñamo es este?». Pero ¡por desgracia!, pronto nos dimos cuenta de que la codicia y miseria de los hombres no iba a dejarnos seguir propagando nuestra estirpe: cuando pensábamos ir a dar semilla, fuimos inmisericordemente arrancados del suelo por individuos de variopinta fuerza y atados en grandes haces como delincuentes presos, por cuyo trabajo solían recibir las gentes su salario y, por tanto, el tercer beneficio de nosotros obtenido.

»Pero no bastaba con eso, sino que solo estaba empezando nuestro sufrimiento y la tiranía de los hombres, que querían hacer de nosotros, ¡una renombrada planta!, un puro y artificial poema humano (que tal llaman algunos a la rica cerveza). Nos arrastraron a profundas fosas, nos amontonaron y nos cubrieron de tal modo de piedras como si estuviéramos en una prensa. Y de allí salió la cuarta ganancia, para aquellos que hicieron ese trabajo. Luego inundaron por entero esas fosas de agua, de forma que quedamos sumergidos como si quisieran ahogarnos, sin contar con que ya nuestras fuerzas eran débiles. En ese fermento nos dejaron hasta que la belleza de nuestras ya marchitas hojas se pudrió por completo, y casi nos asfixiamos y perecimos. Solo entonces dejaron salir el agua, nos sacaron y nos depositaron en un prado verde, expuestos ora al sol, ora a la lluvia, ora al viento, de forma que incluso el amable aire se horrorizó de nuestro dolor y miseria, nos cambió y volvió todo a nuestro alrededor tan apestoso que casi nadie pasaba ante nosotros sin taparse las narices, o al menos decir: “¡Qué diablos!”. Pero los que así nos habían tratado obtuvieron la quinta ganancia en forma de salario. En tal estado hubimos de quedarnos, hasta que el sol y el viento nos arrebataron el último rastro de humedad y, junto con la lluvia, nos empalidecieron. Luego fuimos vendidos por nuestro campesino a un cañamero o preparador de cáñamo, con la sexta ganancia. Así fuimos a parar al cuarto amo desde que yo era una semillita. Este nos dejó descansar por un tiempo bajo un cobertizo, mientras estuvo ocupado en otros negocios y pudo conseguir jornaleros para seguir atormentándonos. Porque como el otoño y todos los demás trabajos del campo habían pasado, nos fue cogiendo uno tras otro, nos puso en gavillas de dos docenas en un cuartito detrás del horno, y nos calentó de tal modo que parecía que íbamos a sudar el mal francés, en cuya infernal angustia y riesgo pensé a menudo que íbamos a ascender al cielo junto con la casa convertidos en llamas, como a menudo sucede. Cuando ese calor nos dejó más hechos para el fuego que la mejor leña azufrada, nos entregó a un verdugo peor, que nos metió a puñados en la agramadera y dejó nuestros miembros cien mil veces más quebrados que lo que se suele hacer en la rueda al peor asesino. Luego nos golpeó con un palo con todas sus fuerzas para que nuestros rotos miembros se desprendieran limpiamente, con tal saña que parecía que se había vuelto loco, y el sudor, y a ratos otra cosa que huele peor, le caían a chorros. De este modo fue el séptimo que añadió un beneficio por causa nuestra.

»Pensábamos que ya no se podía inventar nada para maltratarnos más, de tal modo estábamos separados y a la vez mezclados y confundidos que ninguno se reconocía a sí mismo y lo suyo, sino que de nosotros no quedaba más que pelo o fibra, pues éramos cáñamo agramado. Pero nos pusieron en una tabla en la que fuimos de tal modo pateados, golpeados, aplastados, retorcidos y, en una palabra, triturados y apaleados como si de nosotros se quisiera hacer puro amianto, asbesto, algodón, seda, o por lo menos un delicado lino. Y de ese trabajo sacó el espadador el octavo beneficio que los hombres obtuvieron de mí y de los míos. Ese mismo día fui entregado, como cáñamo bien apaleado y espadillado, a varias ancianas y jóvenes aprendices que me hicieron pasar el mayor martirio que nunca he sufrido, porque me cortaron con sus distintos rastrillos de un modo que no cabe relatar. Primero me arrancaron la burda estopa, luego el cáñamo para hilar, y por último el cáñamo malo, hasta que por fin fui ensalzado como cáñamo fino y exquisita mercadería, delicadamente acariciado, empaquetado y depositado en un húmedo sótano, para que curara de la agresión y cogiera peso. De tal modo alcancé un corto descanso, y me alegré de haberme convertido, tras superar tantos padecimientos, en una materia tan necesaria y útil para vosotros los hombres. Por cierto que dichas mujeres obtuvieron de mí el noveno salario, lo que me dio especial consuelo y esperanza de que ahora (como habíamos alcanzado el número nueve, cifra angelical y maravillosa) quedáramos exentos de más martirios.

 

 CAPÍTULO DUODÉCIMO,

donde continúa la materia anterior y se ejecuta la sentencia

Al siguiente día de mercado, mi amo me llevó a una estancia que suele llamarse tonelería, donde fui examinado, reconocido como buena mercancía y pesado, luego negociado con un intermediario, gravado con tributos, cargado en un carro, llevado a Estrasburgo, entregado en un almacén, nuevamente examinado, tenido por bueno, gravado y vendido a un comerciante, que hizo que un carretero me llevase a su casa y me guardara en una estancia limpia. En cuyo acto mi antiguo amo, el cañamero, ganó el décimo beneficio; el inspector del cáñamo, el undécimo; el pesador, el duodécimo; el aduanero, el decimotercero; el intermediario, el decimocuarto; el carretero, el decimoquinto; el almacén, el decimosexto y el carretero que me llevó hasta el mercader, el decimoséptimo, pero también ganaron con su salario el decimoctavo beneficio los que me llevaron con su carrito a un barco en el que bajé por el Rin hasta Zwoll, y me es imposible contar quién por el camino ganó su tasa en tributos y cosas por el estilo, y por tanto también sacó beneficio de mí, porque estaba embalado de tal modo que no podía saber nada.

»En Zwoll disfruté una vez más de un corto descanso, luego fui separado de las mercancías medianas o inglesas, otra vez disecado y martirizado, arrancado en mi centro de otros, bataneado y rastrillado, hasta que me volví tan delicado que se habría podido hacer de mí algo tan puro como el hilo de convento. Luego fui facturado a Amsterdam, comprado y vendido en todas partes y entregado al sexo femenino, que también hizo de mí delicado hilo y que, en medio de tal trabajo, en todo momento me besaba y lamía, de manera que pude imaginarme que todos mis padecimientos habían ya tocado a su fin; pero poco después fui lavado, enrollado, entregado a los tejedores, devanado, pincelado con una cola, tensado en el telar, tejido y convertido en un fino lienzo holandés, y luego blanqueado y vendido a otro mercader, que a su vez me negoció por codos. Pero hasta llegar ahí sufrí mucha merma; la primera y más burda estopa que me quitaron fue tejida en mechas, macerada en estiércol de vaca y luego quemada; con la otra merma las ancianas tejieron un tosco hilo que se empleó para dril y tela de saco; la tercera merma dio por resultado un hilo bastante burdo que suele llamarse hilacha y aun así fue vendido por cáñamo; de la cuarta merma un hilandero hizo hilo y paño, pero no se podía comparar a mí (y no hablemos ahora de las fuertes sogas que se hicieron con mis camaradas los otros tallos, convertidos en cáñamo de maroma). Así que casi no alcanzo a contar el beneficio que mi estirpe da a los hombres, lo que unos y otros sacan de él. La última merma la sufrí yo mismo, cuando las mujeres se dieron a robar unos cuantos ovillos míos.

»Al antedicho mercader me compró una noble señora, que cortó todo el trozo de paño y honró con él a su servidumbre por año nuevo. Así que aquella partícula que más contenía de mi origen fue a parar a su camarera, que se hizo con ella una camisa, y la lució orgullosa. Entonces me enteré de que no son doncellas todas las que tal nombre reciben, puesto que no solo el secretario sino el señor mismo sabía consolarse con ella, porque no era fea. Pero la cosa no duró mucho, porque en una ocasión la señora vio en persona a su doncella ocupar su lugar. No obstante no alborotó ni se mostró cruel, sino que hizo lo que hace una dama razonable: pagó el finiquito a su doncella y le dio un amigable despido. Sin embargo, al señor de la casa no le gustó nada que le quitaran semejante bocado de entre los dientes y dijo a su esposa que por qué despedía a esa doncella, que era una persona tan ágil, diestra y diligente. Pero ella respondió: “Querido señor, no te preocupes, que en adelante yo misma haré su trabajo”.

»Por tanto mi doncella se fue con su equipaje, en el que yo era su mejor camisa, a su casa en Cammerich, llevando consigo una bolsa bastante pesada, porque había recibido bastante tanto del señor como de la señora y ahorrado su salario con celo, y aunque no encontró cocina tan buena como la que había tenido que abandonar, sí halló varios pretendientes que se encapricharon de ella y le daban de lavar y de coser, porque ella hizo una profesión de esto y con tal pensaba alimentarse. Entre ellos había un joven petimetre al que echó el lazo y se vendió como doncella. La boda fue celebrada, pero como pasada la luna de miel se vio que el patrimonio e ingresos de los jóvenes esposos no alcanzaban para mantenerla como había estado acostumbrada en casa de su señor, y además por entonces en Luxemburgo parecía haber falta de soldados, el esposo de mi joven señora se convirtió en corneta, quizá porque otro le había quitado la nata y puesto los cuernos. Por aquel entonces empecé a volverme seco y quebradizo, por lo que mi señora me cortó en pañales, ya que ahora tenía un joven heredero, el cual mocoso, en cuanto ella estuvo recuperada, me ensuciaba en adelante todos los días, y ella volvía a lavarme, con lo que terminamos tan finos y deshilachados que acabamos por no servir tampoco para eso, y mi señora nos tiró. Pero la dueña de la casa (que era un buena ama de casa) nos recogió, nos lavó y depositó con otros trapos viejos por el estilo en el estante de arriba. Allí tuvimos que esperar, hasta que vino un tipo de Epinal que andaba recogiéndonos de todas partes y nos echó a un molino de papel, donde fuimos entregados a varias ancianas que nos cortaron en tiras, mientras nos quejábamos los unos a los otros de nuestra miseria con griterío estremecedor. Pero todo aquello aún no había terminado, sino que fuimos metidos en el molino como la papilla de un niño, de tal modo que nadie habría podido ya reconocernos como cáñamo o lino: luego nos bañaron en cal y alumbre y nos disolvieron en agua, de tal modo que bien se habría podido decir en verdad que habíamos perecido por completo. Pero de repente me vi convertido en un fino pliego de papel de escribir, mediante otros trabajos fui metido en un libro con otros compañeros, por fin en una resma, luego nuevamente fui a parar a la prensa, y al final metido en una bala y llevado a la inminente feria de Zurzach, donde nos compró un mercader de Zurich, que nos llevó a su casa y volvió a vender la resma en la que yo me encontraba a un factor o mayordomo de un gran señor que hizo de mí un gran libro de asentamientos. Pero hasta que tal cosa ocurrió, yo ya había pasado treinta y seis veces por las manos de las gentes desde que era un trapo.

»Este libro pues en el que ahora, como buen pliego de papel, ocupaba el sitio de dos hojas, lo amaba en tal medida el factor como Alejandro Magno a su Homero; era su Virgilio, en el que Augusto había estudiado con tanto celo; su Oppiano, que el hijo de Antonius Keyser, Severo, había leído con tanto afán; su Commentarii Plinii Junioris, que Largio Licinio tanto había estimado; su Tertuliano, que Cipriano siempre había tenido en sus manos; su paedia Ciri, que había vuelto tan malvado a Escipión; su Philolaus Pithagoricus, en el que Platón había encontrado tanto goce; su Speusippus, que tanto había amado Aristóteles; su Cornelio Tácito, que tanto había divertido al emperador Tácito; su Commineus, al que Carlos el Quinto había apreciado por encima de todos los escritores, y in summa summarum su Biblia, que estudiaba día y noche. Sin duda no porque las cuentas fueran sinceras y justas, sino por ocultar sus robos, por cubrir su deslealtad y trapacería, y por asentarlo todo de tal modo que los asientos cuadraran.

Una vez que el libro quedó escrito, fui postergado hasta que el señor y la señora emprendieron el camino que todo el mundo emprende, y con eso gocé de cierta paz, pero cuando los herederos hicieron el reparto el libro fue roto por ellos y convertido en papel de embalar, con cuya ocasión fui depositado entre los pliegues de una levita, para que el forro y las borlas no sufrieran daño, y así me trajeron aquí, y después de sacarme me condenaron a este lugar, a recibir el salario por mis fieles servicios al género humano con mi definitiva ruina y perdición, de la que tú podrías salvarme.

Yo respondí:

—Como tu crecimiento y reproducción debe su origen, procedencia y alimento a la riqueza de la tierra, que ha de ser mantenida con los excrementos de los animales, y además tú estás acostumbrado a tales materias y hablas toscamente de tales cosas, es justo que regreses a tu origen, al que tu propio señor te ha condenado.

Con estas palabras, ejecuté la sentencia. Pero la resma dijo:

—Como tú procedes ahora conmigo, así procederá la muerte contigo cuando te devuelva a la tierra de la que saliste. Y nada podrá guardarte de ello como tú podrías haberme preservado esta vez.

( CONTINUATIO DEL AVENTURERO SIMPLICISSIMUS o conclusión del mismo. GERMAN SCHLEIFHEIM VON SULSFORT. Monpelgart, impreso por Johann Fillion, en el año MDCLXIX)

 

Das elfte Kapitel.

Simplex wird von eim vom Adel gastiert,
Seltsam Diskurs mit eim Schermesser führt.

(…)
Ich erwachte viel früher als die Hausgenossen selbst, kunnte aber darum nicht aus der Kammer kommen, ein Last abzulegen, der zwar nicht groß, aber doch sehr beschwerlich war, sie über die bestimmte Zeit zu tragen; fand mich aber hinter einer Tapezerei mit einem herzu bestimmten Ort, welchen etliche eine Kanzlei zu nennen pflegen, viel besser versehen, als ich in solcher Not hätte hoffen dörfen. Daselbsthin satzte ich mich eilend zu Gericht und bedachte, wieweit meine edle Wildnus dieser wohlgezierten Kammer vorzuziehen wäre, als in welcher beides, Fremd und heimisch, an jeden Orten und Enden ohn Erdulten einer solchen Angst und Drangsal, die ich dazumal überstanden hatte, stracks niederhocken könnte. Nach Erörterung der Sache, als ich eben an des Baldanders Lehre und Kunst gedachte, langte ich aus einem neben mir hangenden Garvier ein Oktav von einem Bogen Papier, an demselben zu exequieren, worzu es neben andern mehr seinen Kameraden kondemnieret und daselbst gefangen war. »Ach!« sagte dasselbige, »so muß ich dann nun auch vor meine treue geleiste Dienste und lange Zeit überstandene vielfältige Peinigungen, zugenötigte Gefahren, Arbeiten, Ängsten, Elend und Jammer, nun ererst den allgemeinen Dank der ungetreuen Welt erfahren und einnehmen! Ach, warum hat mich nit gleich in meiner Jugend ein Fünk oder Goll aufgefressen und alsobald Dreck aus mir gemachet, so hätte ich doch meiner Mutter, der Erden, gleich wiederum dienen und durch meine angeborne Feistigkeit ihro ein liebliches Waldblümlein oder Kräutlein herfürbringen helfen können, eh daß ich einem solchen Landfahrer den Hindern hätte wischen und meinen endlichen Untergang im Scheißhaus nehmen müssen? Oder warum werde ich nicht in eines Königs von Frankreich Sekret gebrauchet, dem der von Navarra den Arsch wischet, wovon ich dann viel größere Ehre gehabt hätte, als einem entlaufenen Monacho zu Dienst zu stehen?
« Ich antwortete:
»Ich höre an deinen Reden wohl, daß du ein nichtswertiger Gesell und keiner andern Begräbnus würdig seist als eben derjenigen, darin ich dich jetzunder senden werde; und wird gleich gelten, ob du durch einen König oder Bettler an einen solchen stinkenden Ort begraben wirst, davon du so grob und unhöflich sprechen darfst, dessen aber ich mich hingegen herzlich gefreuet. Hast du aber etwas deiner Unschuld und dem menschlichen Geschlecht treugeleister Dienste wegen vorzubringen, so magst du es tun; ich will dir gern, weil noch jedermann im Hause schläft, Audienz geben und dich nach befindenden Dingen von deinem gegenwärtigen Untergang und Verderben konservieren.
«Hierauf antwortete das Schermesser:

»Meine Voreltern seind erstlich nach Plinii Zeugnus lib. 20, cap. 23, in einem Wald, da sie auf ihrem eignen Erdreich in erster Freiheit wohneten und ihr Geschlecht ausbreiteten, gefunden, in menschliche Dienste als ein wildes Gewächs gezwungen und samentlich Hanf genennet worden; von denselbigen bin ich zu Zeiten Wenceslai in dem Dorf Goldscheur als ein Samen entsprossen und erzielt; von welchem Ort man sagt, daß der beste Hanfsamen in der Welt wachse. Daselbst nahm mich mein Erzieler von den Stengeln meiner Eltern und verkaufte mich gegen dem Frühling einem Kramer, der mich unter andern fremden Hanfsamen mischte und mit uns schacherte. Derselbe Kramer gab mich folgends einem Bauer in der Nachbarschaft zu kaufen und gewann an jedem Sester einen halben Goldgülden, weil wir unversehens aufschlugen und teuer wurden: war also gemeldter Kramer der zweite, so an mir gewann, weil mein Erzieler, der mich anfänglich verkaufte, den ersten Gewinn schon hinweghatte. Der Bauer aber, so mich vom Kramer erhandelt, warf mich in einen wohlgebauten fruchtbaren Acker, allwo ich im Gestank des Roß-, Schwein-, Kühe- und andern Mists vermodern und ersterben mußte; doch brachte ich aus mir selbsten einen hohen stolzen Hanfstengel hervor, in welchen ich mich nach und nach veränderte und stracks zu mir selbst in meiner Jugend sagte: ›Nun wirst du, gleich deinen Urahnen, ein fruchtbarer Vermehrer deines Geschlechts werden und mehr Körnlein Samen hervorbringen, als jemals einer aus ihnen nicht getan.‹ Aber kaum hatte sich meine Freiheit mit solcher eingebildeten Hoffnung ein wenig gekitzelt, da mußte ich von vielen Vorübergehenden hören: ›Schauet, was vor ein großer Acker voll Galgenkraut!‹ welches ich und meine Brüder alsobalden vor kein gut Omen vor uns hielten. Doch trösteten uns hinwiederum etlicher ehrbarn alten Bauren Reden, wann sie sagten: ›Sehet! was vor ein schöner trefflicher Hanf ist das!‹ Aber leider! wir wurden bald hernach gewahr, daß wir von den Menschen beides, wegen ihres Geizes und ihrer armseligen Bedörftigkeit, nit dagelassen würden, unser Geschlecht ferner zu propagieren, allermaßen, als wir bald Samen zu bringen vermeinten, wir von unterschiedlichen starken Gesellen ganz unbarmherzigerweise aus dem Erdreich gezogen und als gefangene Übeltäter in große Gebund zusammengekuppelt worden, vor welche Arbeit sie dann ihren Lohn und also den dritten Gewinn empfiengen, so die Menschen von uns einzuziehen pflegen.

Damit aber war es noch lang nicht genug, sondern unser Leiden und der Menschen Tyrannei fieng ererst an, aus uns, einem namhaften Gewächs, ein pures Menschengedicht (wie etliche das liebe Bier nennen) zu verkünstlen; dann man schleppte uns in eine tiefe Grube, packte uns übereinander und beschwerte uns dermaßen mit Steinen, gleichsam als wann wir in einer Presse gestecket wären; und hiervon kam der vierte Gewinn denjenigen zu, die solche Arbeit verrichteten. Folgends ließ man die Gruben voll Wasser laufen, also daß wir überall überschwemmt würden, gleichsam als ob man uns ererst hätte ertränken wollen, unangesehen allbereit schwache Kräften mehr bei uns waren. In solcher Beiße ließ man uns sitzen, bis die Zierde unserer ohndas bereits verwelkten Blätter folgends verfaulte und wir selbst beinahe erstickten und verdurben; alsdann ließ man ererst das Wasser wieder ablaufen, trug uns aus und setzte uns auf einen grünen Wasen, allwo uns bald Sonne, bald Regen, bald Wind zusetzte, also daß sich die liebliche Luft selbsten ob unserm Elend und Jammer entsatzte, veränderte und alles um uns herum verstänkerte, daß schier niemand bei uns vorübergieng, der nit die Nase zuhielt oder doch wenigst sagte: ›Pfui Teufel!‹ Aber gleichwohl bekamen diejenige, so mit uns umgiengen, den fünften Gewinn zu Lohn. In solchem Stand mußten wir verharren, bis beides, Sonne und Wind, uns unserer letzteren Feuchtigkeit beraubet und uns mitsamt dem Regen wohl gebleicht hatten; darauf wurden wir von unseren Bauren einem Hänfer oder Hanfbereiter um den sechsten Gewinn verkauft. Also bekamen wir den vierten Herrn, seit ich nur ein Samkörnlein gewesen war. Derselbe legte uns unter einen Schopf in eine kurze Ruhe, nämlich so lang, bis er anderer Geschäften halber der Weil hatte und Taglöhner haben könnte, uns ferners zu quälen. Da dann der Herbst und alle andere Feldarbeiten vorbei waren, nahm er uns nacheinander hervor, stellete uns zweidutzetweis in ein kleines Stübel hinter dem Ofen und heizte dermaßen ein, als wann wir die Franzosen hätten ausschwitzen sollen, in welcher höllischen Not und Gefahr ich oft gedachte, wir würden dermaleins samt dem Haus in Flammen gen Himmel fahren, wie dann auch oft geschiehet. Wann wir dann durch solche Hitze viel feurfähiger wurden als die beste Schwebelhölzlein, überantwortete er uns noch einem strengeren Henker, welcher uns handvollweis unter die Breche nahm und alle unsere innerliche Gliedmaßen hunderttausendmal kleiner zerstieße, als man dem ärgsten Erzmörder mit dem Rad zu tun pfleget, uns hernach aus allen Kräften um einen Stock herum schlagende, damit unsere zerbrochene Gliedmaßen sauber herausfallen sollten, also daß es ein Ansehen hatte, als wann er unsinnig worden wäre und ihm der Schweiß und zuzeiten auch ein Ding, so sich darauf reimet, darüber ausgieng. Hierdurch ward dieses der siebende, so unsertwegen einen Gewinn hintrug.
Wir gedachten, nunmehr, könnte nichts mehr ersonnen werden, uns ärger zu peinigen, vornehmlich weil wir dergestalt voneinander separiert und hingegen doch miteinander also konjungiert und verwirret waren, daß jeder sich selbst und das Seinige nicht mehr kannte, sondern jedweder Haar oder Bast gestehen mußte, wir wären gebrächter Hanf. Aber man brachte uns ererst auf eine Blaul, allda wir solchermaßen gestampft, gestoßen, zerquetscht, geschwungen und, mit einem Wort zu sagen, zerrieben und abgeblaulet worden, als wann man lauter Amianthum, Asbeston, Bissinum, Seiden, oder wenigst einen zarten Flachs aus uns hätte machen wollen. Und von solcher Arbeit genoß der Blauler den achten Gewinn, den die Menschen von mir und meinesgleichen schöpfen. Noch selbigen Tag ward ich als ein wohlgeblauleter und geschwungner Hanf ererst etlichen alten Weibern und jungen Lehrdienern übergeben, die mir ererst die allergrößte Marter antäten, als ich noch nie erfahren; dann sie anatomierten mich auf ihren unterschiedlichen Hechlen dermaßen, daß es nicht auszusprechen ist. Da hechelte man erstlich den groben Kuder, folgends den Spinnhanf und zuletzt den schlechten Hanf von mir hinweg, bis ich endlich als ein zarter Hanf und feines Kaufmannsgut gelobt und zum Verkauf zierlich gestrichen, eingepackt und in einen feuchten Keller gelegt ward, damit ich im Angriff desto linder und am Gewicht desto schwerer sein sollte. Solchergestalt erlangte ich abermal eine kurze Ruhe und freuete mich, daß ich dermaleins durch Überstehung so vielen Leides und Leidens zu einer Materi worden, die euch Menschen so nötig und nützlich wäre. Indessen hatten besagte Weibsbilder den neunten Lohn von mir dahin, welches mir einen sonderbaren Trost und Hoffnung gab, wir würden nunmehr (wie wir die Neune als eine englische und allerwunderbarlichste Zahl erlanget und erstritten hätten) aller Marter überhoben sein.«

 

Das zwölfte Kapitel.

 Simplex noch weiter am heimlichen Ort
Seine Red mit dem Schermesser führt fort.

»Den nächsten Marktag trug mich mein Herr in ein Zimmer, welches man eine Faß- oder Packkammer nennet; da ward ich geschauet, vor gerechte Kaufmannsware erkannt und abgewogen, folgends einem Fürkäufler verhandelt, verzollet, auf einen Wagen verdingt, nach Straßburg geführet, ins Kaufhaus geliefert, abermals geschauet, vor gut erkannt, verzollet und einem Kaufherrn verkauft, welcher mich durch die Kärchelzieher nach Haus führen und in ein sauber Zimmer aufheben ließ, bei welchem Aktu mein gewesener Herr, der Hänfer, den zehenden, der Hanfschauer den eilften, der Wäger den zwölften, der Zöller den dreizehenden, der Vorkäufler den vierzehenden, der Fuhrmann den funfzehenden, das Kaufhaus den sechzehenden, und die Kärchelzieher, die mich dem Kaufmann heimführeten, den siebenzehenden Gewinn bekamen. Dieselbe nahmen auch mit ihrem Lohn den achtzehenden Gewinn hin, da sie mich auf ihren Kärchen zu Schiff brachten, auf welchem ich den Rhein hinunter bis nach Zwoll gebracht ward, und ist mir unmüglich, alles zu erzählen, wer alls unterwegs sein Gebühr an Zöllen und anderen, und also auch einen Gewinn von meinetwegen empfangen; dann ich war dergestalt eingepackt, daß ichs nicht wissen konnte.
Zu Zwoll genoß ich wiederum eine kurze Ruhe; dann ich ward daselbsten von der mittlern oder engeländischen Ware ausgesondert, wiederum von neuem anatomiert und gemartert, in der Mitten voneinander gerissen, geklopft und gehechelt, bis ich so rein und zart ward, daß man wohl reiner Ding als Klosterzwirn aus mir hätte spinnen mögen. Darnach ward ich nach Amsterdam gefertiget, alldorten gekauft und verkauft und dem weiblichen Geschlecht übergeben, welche mich auch zu zartem Garn machten und mich unter solcher Arbeit gleichsam alle Augenblicke küßten und leckten, also daß ich mir einbilden müßte, alles mein Leiden würde dermaleins seine Endschaft erreichet haben; aber kurz darnach ward ich gewaschen, gewunden, dem Weber unter die Hände geben, gespult, mit einer Schlicht gestrichen, an Weberstuhl gespannet, gewebet und zu einem feinen holländischen Leinwad gemachet, folgends gebleicht und einem Kaufherrn verkauft, welcher mich wiederum ellenweis verhandelte. Bis ich aber so weit kam, erlitte ich viel Abgang. Das erste und gröbste Werk, so von mir abgieng, ward zu Lunden gesponnen, in Kühedreck gesotten und hernach verbrannt. Aus dem andern Abgang spannen die alte Weiber ein grobes Garn, welches zu Zwilch und Sacktaffet gewebet ward; der dritte Abgang gab ein ziemlich grobes Garn, welches man Bärtleingarn nennet und doch vor Hänfin verkauft ward; aus dem vierten Abgang ward zwar ein feiner Garn und Tuch gemachet, es mochte mir aber nicht gleichen, geschweige jetzt der gewaltigen Säuler, die aus meinen Kameraten, den andern Hanfstengelen, daraus man Schleißhanf machte, zugerichtet wurden, also daß mein Geschlecht den Menschen trefflich nutz, ich auch beinahe nicht erzählen kann, was ein und anders vor Gewinn von denselbigen schöpfet. Den letzten Abgang litte ich selbst, als der Weber ein paar Knäul Garn von mir nach den diebischen Mäusen warf.
Von obgemeldtem Kaufherrn erhandelte mich eine Edelfrau, welche das ganze Stück Tuch zerschnitte und ihrem Gesind zum Neuen Jahr verehrete. Da ward derjenige Partikul, davon ich mehrenteils meinen Ursprung habe, der Kammermagd zuteil, welche ein Hemd daraus machte und trefflich mit mir prangte. Da erfuhr ich, daß es nicht alle Jungfer seind, die man so nennet; dann nicht allein der Schreiber, sondern auch der Herr selbsten wußten sich bei ihr zu behelfen, weil sie nicht häßlich war. Solches hatte aber die Länge keinen Bestand, dann die Frau sahe einsmals selbsten, wie ihre Magd ihre Stelle vertratt; sie bollerte aber deswegen darum nit so gar greulich, sondern tät als eine vernünftige Dame, zahlte ihre Magd aus und gab ihr einen freundlichen Abschied. Dem Junker aber gefiel es nicht beim besten, daß ihm solch Fleisch aus den Zähnen gezogen ward, sagte derowegen zu seiner Frau, warum sie diese Magd abschaffe, die doch ein so hurtig, geschicktes und fleißiges Mensch sei. Sie aber antwortete: ›Lieber Junker, seid nur unbekümmert, ich will hinfort ihre Arbeit schon selber versehen.‹
Hierauf begab sich meine Jungfer mit ihrer Bagage, darunter ich ihr bestes Hemd war, in ihre Heimat nach Cammerich und brachte einen ziemlichen schweren Beutel mit sich, weil sie vom Herrn und der Frau ziemlich viel verdienet und solchen ihren Lohn fleißig zusammengesparet hatte. Daselbst fand sie keine so fette Küchen, als sie eine verlassen müssen, aber wohl etliche Buhler, die sich in sie vernarreten und ihr beides, zu wäschen und zu nähen, brachten, weil sie eine Profession daraus machte und sich damit zu ernähren gedachte. Unter solchen war ein junger Schnauzhahn, dem sie das Seil über die Hörner warf und sich vor ein Jungfer verkaufte. Die Hochzeit ward gehalten; weil aber nach verflossenem Küßmonat gnugsam erschien, daß sich bei jungen Eheleuten das Vermügen und Einkommen nit so weit erstrecke, sie zu unterhalten, wie sie bisher bei ihren Herrn gewohnet gewesen, zumalen eben damal im Land von Lützemburg Mangel an Soldaten erschiene; als ward meiner jungen Frau ihr Mann ein Kornett, vielleicht deswegen, weil ihm ein anderer den Raum abgehoben und Hörner aufgesetzet hatte. Damal fieng ich an, ziemlich dürr und brechhaftig zu werden; derowegen zerschnitte mich meine Frau zu Windeln, weil sie ehistens eines jungen Erben gewärtig wär. Von demselbigen Bankart ward ich nachgehends, als sie genesen, täglich verunreinigt und ebensooft wieder ausgewaschen, welches uns dann endlich so blöd machte, daß wir hierzu auch nichts mehr taugten und derowegen von meiner Frau gar hingeworfen, von der Wirtin im Haus aber, welche gar eine gute Haushalterin war, wieder aufgehoben, ausgewäschen und zu andern dergleichen alten Lumpen auf die obere Bühne geleget. Daselbst mußten wir verharren, bis ein Kerl von Spinal kam, der uns von allen Orten und Enden her versammlete und mit sich heim in eine Papiermühle führete. Daselbst wurden wir etlichen alten Weibern übergeben, die uns gleichsam zu lauter Streichpletzen zerrissen, allwo wir dann mit einem rechten Jammergeschrei unser Elend einander klagten. Damit hatte es aber darum noch kein Ende, sondern wir wurden in der Papiermühle gleich einem Kinderbrei zerstoßen, daß man uns wohl vor keinen Hanf oder Flachsgewächs mehr hätte erkennen mögen, ja endlich eingebeizt, in Kalch und Alaun und gar in Wasser zerflöst, also daß man wohl von uns mit Wahrheit hätte sagen können, wir sein ganz vergangen gewesen. Aber unversehens ward ich zu einem feinen Bogen Schreibpapier kreiert, durch andere mehr Arbeiten neben anderen meinen Kameraden mehr erstlich in ein Buch, endlich in ein Riß und alsdann ererst wieder unter die Presse gefördert, zuletzt zu einen Ballen gepackt und die einstehende Messe nach Zurzach gebracht, daselbst einem Kaufmann von Zürch verhandelt, welcher uns nach Haus brachte und dasjenige Riß, darin ich mich befand, einem Faktor oder Haushalter eines großen Herrn wiederverkaufte, der ein groß Buch oder Journal aus mir machte. Bis aber solches geschahe, gieng ich den Leuten wohl sechsunddreißigmal durch die Hände, seither ich ein Lump gewesen.
Dieses Buch nun, worin ich als ein rechtschaffner Bogen Papier auch die Stelle zweier Blätter vertrat, liebte der Faktor so hoch als Alexander Magnus den Homerum; es war sein Virgilius, darin Augustus so fleißig studiert, sein Oppianus, darin Antonius, Kaisers Severi Sohn, so emsig gelesen, seine Commentarii Plinii Junioris, welche Largius Licinus so wert gehalten, sein Tertullianus, den Cyprianus allezeit in Händen gehabt, seine Paedia Cyri, welche ihm Scipio so gemein gemachet: sein Philolaus Pythagoricus, daran Plato so großen Wohlgefallen getragen, sein Speusippus, den Aristoteles so hoch geliebet, sein Cornelius Tacitus, der Kaiser Tacitum so höchlich erfreuet, sein Comminäus, den Carolus Quintus vor allen Skribenten hochgeachtet, und in Summa Summarum seine Bibel, darin er Tag und Nacht studierete, zwar nicht deswegen, daß die Rechnung aufrichtig und just sein, sondern daß er seine Diebsgriffe bemänteln, seine Untreue und Bubenstücke bedecken und alles dergestalt setzen möchte, daß es mit dem Journale übereinstimme.
Nachdem nun bemeldtes Buch überschrieben war, ward es hingestellet, bis Herr und Frau den Weg aller Welt giengen, und damit genosse ich eine ziemliche Ruhe. Als aber die Erben geteilet hatten, ward das Buch von denselben zerrissen und zu allerhand Packpapier gebraucht, bei welcher Okkasion, ich zwischen einen verbrämten Rock geleget ward, damit beides, Zeug und Possamenten, keinen Schaden litten, und also ward ich hiehergeführet und nach der Wiederauspackung an diesen Ort kondemniert, den Lohn meiner dem menschlichen Geschlecht treugeleisten Dienste mit meinem endlichen Untergang und Verderben zu empfangen, wovor du mich aber wohl erretten könntest.«
Ich antwortete:
»Weil dein Wachstum und Fortzielung aus Feistigkeit der Erde, welche durch die Excrementa der Animalien erhalten werden muß, ihren Ursprung, Herkommen und Nahrung empfangen, zumalen du auch ohndas solcher Materi gewohnet und, von solchen Sachen zu reden, ein grober Gesell bist, so ist billig, daß du wieder zu deinem Ursprung kehrest, worzu dich dann auch dein eigner Herr verdammt hat.« Damit exequierte ich das Urtel; aber das Schermesser sagte: »Gleichwie du jetzunder mit mir prozedierest, also wird auch der Tod mit dir verfahren, wann er dich nämlich wieder zur Erden machen wird, davon du genommen worden bist, und davor wird dich nichts fristen mögen, wie du mich vor diesmal hättest erhalten können.«
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