El Alba de una nueva Europa

El viernes 13 de marzo se celebró una conferencia en la Cámara de los Diputados de Italia, en Roma, organizada por el Movimento 5 Stelle, con el título L’ALBA di una nuova Europa, en la cual dicho movimiento se manifestó contrario al euro y favorable a la creación de un nuevo espacio económico-monetario en el área euromediterránea. este es le texto de mi contribución a dicho evento.

contropiano


A principios de octubre de 1996, el premio nobel Franco Modigliani dio una conferencia Bilbao sobre el proyecto de moneda única. En ella alertó contra el peligro de que países como España o Italia adoptaran “la moneda alemana”. Pero nadie le hizo caso. Solo los que le escuchamos en directo pudimos oír sus advertencias, mientras al día siguiente los periódicos españoles decían que “Modigliani subrayó las ventajas que tendrá la moneda única, no solo desde un punto de vista económico, sino también simbólico.” Aunque también recogían sus críticas al Bundesbank: “Modigliani se mostró especialmente crítico con la política practicada por el Bundesbank, y aseguró que el mayor causante del paro en Europa está siendo, precisamente, la política restrictiva del banco central alemán” (La Vanguardia, 07/10/2006, pag. 43).

Muchos creían que el euro sería un paso hacia la federalización de Europa, hacia la conformación de un área continental de solidaridad y progreso. Por el contrario, el euro se ha demostrado como el instrumento más efectivo para la facilitar el regreso del nacionalismo más injusto y egoísta, el nacionalismo de los poderosos contra los débiles. En los primeros años del euro, Alemania en alianza con Francia se sirvieron del euro para conseguir que los socios del euro financiasen sus desequilibrios presupuestarios, en particular el proceso de absorción de Alemania del Este, y el proceso de inversión industrial en Europa del Este para la formación de un nuevo proletariado industrial al servicio de las multinacionales franco-alemanas. Después, el euro sirvió para que Alemania practicase el dumping comercial con los países mediterráneos: las ventas a crédito en una moneda subvaluada respecto al marco de productos alemanes sirvieron para que Alemania sea el único país europeo en el que no ha disminuido el empleo industrial y el peso de la industria en el valor añadido.

Posteriormente, ante el colapso del mercado interbancario en 2007, fueron en particular los bancos italianos los que asumieron la financiación externa de Alemania: de diciembre de 2006 a marzo de 2007, sus créditos frente a Alemania se elevaron de 31.000 millones a 357.000 millones. Hoy la banca italiana es la mayor acreedora externa de Alemania, por importe de 235 mil millones de dólares, más que la banca holandesa (193 mil millones) la francesa (182 mil millones) la británica (160 mil millones) o la norteamericana (149 mil millones) (datos BIS septiembre 2014)

Por fin, al transformar la crisis bancaria en una crisis de deuda pública, al obligar a utilizar los impuestos públicos para sanear el sistema financiero privado, Alemania garantiza que el dinero de los impuestos pague en primer lugar las deudas comerciales con los bancos alemanes, a costa de reducir los servicios públicos, las pensiones, el empleo y las inversiones en nuestros países, y no de aumentar las ventas de la periferia a Alemania, porque el capital alemán impone a sus propios trabajadores nacionales la represión salarial y el estancamiento en el consumo.

La férrea oposición a permitir en la Eurozona una expansión fiscal es coherente con el objetivo de mantener las fuentes de enriquecimiento de los más ricos. Una política fiscal expansiva, en estos momentos, solo se puede financiar con más endeudamiento o con más impuestos sobre el patrimonio y sobre el capital financiero, porque los impuestos sobre las rentas del trabajo, y el consumo no dan para más, y los beneficios empresariales están pignorados por la abultada deuda de las empresas.

Pero la principal fuente de enriquecimiento de los más ricos es precisamente el patrimonio físico y financiero. Y antes que perder su gallina de los huevos de oro, prefieren hacer que ponga menos huevos, aceptando una reducción de los intereses cobrados por la deuda pública y por extensión sobre los préstamos al sector privado. Por eso, el capital financiero global está invirtiendo en activos inmobiliarios, en compra de suelo, de participaciones en grandes empresas y todavía esperan poder arrancar un poco más de patrimonio público para convertirlo en nuevas fuentes de enriquecimiento privado, para compensar con otras rentas la reducción de rentas financieras. Por eso el gobierno griego de Syriza comete dos pecados mortales: ante los acreedores, por negarse a seguir con las privatizaciones del patrimonio de todos los griegos. Y ante el pueblo griego, por creer que la política económica puede ser favorable a los intereses del pueblo sin romper con el dominio de la neomoneda alemana que es el euro.

El euro no respira al ritmo de los ciudadanos de Eurolandia, sino al de la banca internacional. No está sirviendo al desarrollo de los pueblos, sino para imponer la devaluación salarial perpetua. El caso más claro y dramático es Chipre: desde finales del año pasado, el FMI retiene el desembolso de la ayuda prometida, y ahora el BCE chantajea al país con no comprar bonos chipriotas, hasta que el Parlamento no apruebe una ley que permita expulsar de sus casas con rapidez a las familias insolventes y pobres. La Troika promete ayuda a cambio de desahuciar de sus viviendas a la población. La pregunta entonces es: ¿para qué sirve esta ayuda?. La respuesta es: para financiar el saneamiento de los bancos, estos paguen a sus bancos acreedores griegos (11.000 millones de dólares) y alemanes (4,5 mil millones), y a su vez los griegos paguen… a los bancos acreedores alemanes –y británicos de Grecia (13.500 millones de dólares cada uno).

Solo hay una forma de salir de este círculo infernal, y es romper con un sistema monetario que no puede permitir otra política que no sea la de priorizar los rescates bancarios a costa de hundir a los ciudadanos, salvar a los acreedores a costa siempre de los deudores, salvo que los deudores sean entidades financieras, que entonces también hay que rescatar a costa de endeudar al estado, es decir a todos los ciudadanos.

Los países de la periferia europea necesitan un sistema monetario y financiero alternativo al euro y a la globalización. Pero no se puede concebir un sistema de ese tipo en el marco del mercado único neoliberal del Tratado de Lisboa. Las reglas de funcionamiento de dicho mercado impiden una solución que aporte estabilidad al proceso de acumulación, al menos en el sentido en que se entiende la “estabilidad” bajo el capitalismo, esto es, un periodo relativamente largo de crecimiento en el que se encadenan ciclos sucesivos de expansión y contracción económica.

M5S- 13 marzo 2015

Por eso, la alternativa monetaria y financiera tiene que insertarse en una propuesta de integración económica y social diferente a la que suponen la Unión Económica y Monetaria y el mercado único.

Si los países perdedores con el euro quieren retomar el control sobre su actividad productiva, esto solo lo pueden hacer de forma conjunta y mediante un proceso de ruptura con el modelo de finanzas privadas y espacio monetario asimétrico del euro.

La salida del euro es una opción y un paso hacia la solución de los graves desequilibrios estructurales de las economías euromediterraneas, que no son los desequilibrios financieros sino los productivos, es decir, una base industrial en declive, un despilfarro enorme de fuerza de trabajo, una concentración escandalosa de la riqueza y del patrimonio.

Salir del euro es una operación compleja que no tiene solo implicaciones monetarias. No se puede plantear el regreso al escudo, la lira o el dracma, porque la propia existencia del euro ha dado lugar a una evolución en el sistema monetario internacional y a una integración productiva de las economías nacionales. Solo en condiciones de una fuerte autarquía es pensable que una economía nacional europea sea viable. Pero no está garantizado, ni mucho menos, que en esas condiciones la calidad de vida de la población pueda aumentar rápidamente.

Una moneda propia pero en el seno del sistema monetario europeo, es decir asociado al BCE, tampoco permite la autonomía de política monetaria para implementar una política alternativa, porque la moneda, al igual que ocurre con la del resto de países de la UE que no forman parte de la UEM, seguiría sujeta a los criterios neoliberales y pro-finanzas privadas del Banco Central Europeo.

Salir del euro proponiendo una nueva moneda y un único banco prestamista en última instancia para los países euromediterraneos sería la única alternativa viable, para tener tanto un margen de negociación con las instituciones comunitarias y el Banco Central Europeo, como para establecer un bloque político-institucional favorable a un modelo de acumulación favorable a los trabajadores.

La nueva moneda común puede negociarse dentro o fuera de la UE, lo a su vez permite una gestión más ordenada de la transición productiva, sin tener que gestionar al mismo tiempo: la ruptura monetaria, la del mercado único y la de los flujos financieros. No existe un procedimiento establecido para salir de la UE, y eso puede facilitar que la propuesta de una nueva moneda para una gestión alternativa de la economía y de la política, planteada en el interior de la UE, abra espacios para avanzar un planteamiento reformista, contrario al neoliberalismo y al ajuste. Hay que tener en cuenta que la población de los países euromediterráneos ve mayoritariamente de forma positiva la contribución efectiva de la UE al desarrollo institucional y de infraestructuras en regiones de menor desarrollo relativo (fondos estructurales) o la política agraria común (PAC), la más exitosa por estar basada precisamente en criterios ajenos a los del mercado -aunque también en los últimos años la PAC está sometida a un proceso liberalizador. Del mismo modo que países con sistemas sociales tan diferentes como Gran Bretaña, Dinamarca o Suecia pueden permanecer en el seno de la UE pero fuera de la Eurozona, también resultará muy difícil frenar un bloque de países que pretendan realizar una política de socialización de los recursos productivos básicos y de inversión.

alba

Cambiar la moneda en países con desequilibrios fiscales agudos lleva implícita una devaluación casi inmediata. Por eso, el cambio de moneda requiere que al mismo tiempo -aquí no caben dilaciones- se redenomine la deuda externa e interna en la nueva moneda, al tipo de cambio que los gobiernos consideren más apropiado. Por supuesto, esto representa otra fuente de tensión política con los acreedores, en particular en el seno de la propia UE, dado que los agentes financieros europeos son propietarios de la mayor parte de la deuda de la periferia mediterránea.

La revisión de la deuda, con el repudio parcial y la renegociación es otro elemento necesario para reducir el lastre de la deuda pasada sobre la financiación del plan de expansión futuro. Este proceso se tiene que aplicar con rapidez, por cuanto reducir la carga de la deuda es condición necesaria para iniciar el proceso de creación masiva de empleos sociales.

Lo que necesitan las economías euro-mediterráneas para salir del caos productivo es una política de creación masiva de empleos. Las enormes necesidades sociales no cubiertas -de vivienda, de atención a personas dependientes, de servicios sociales de proximidad, de salud y educación, de gestión y cuidado del medio ambiente… pueden ser cubiertas con un programa sostenido en el tiempo de formación y creación de empleo. Pero el mercado es incapaz de suministrar los servicios que se necesitan para mejorar significativamente el bienestar de la población. Se requiere invertir el flujo de recursos, desde el capital hacia el estado y la sociedad, desde los rentistas financieros hacia los trabajadores activos y pasivos. Este cambio radical en la política fiscal puede facilitar los recursos necesarios en una primera fase para iniciar el vasto programa de relanzamiento económico y mejora de la calidad de vida que se precisa.

Evidentemente, una política con estas características requiere un cambio radical en la correlación de fuerzas entre capital y trabajo. Solamente sumando la voluntad de los trabajadores de los países de del sur de Europa puede ser posible llevar a cabo el cambio necesario. Pero a pesar de lo dificultoso de un cambio de coyuntura política como el señalado, este es solo el primer paso. Un programa de desarrollo autocentrado en la periferia sur de Europa tiene que resolver a medio plazo lo que intentó y fracasó el mercado único. Actualmente, el desarrollo de las fuerzas productivas y la internacionalización de los sistemas productivos ha alcanzado un grado tal que es muy difícil que un grupo de países que representan el 25% de la población de la UE, pero solamente el 1,9% de la población mundial, pueda modificar con éxito su inserción en la división internacional del trabajo, si no integra en su modelo de acumulación post-capitalista a otros espacios sociales y productivos.

Una nueva moneda común, asociada a una política de pleno empleo y mejora sostenida del bienestar, puede ser una alternativa para países que, vista la experiencia de la periferia euro-mediterránea, quieran escapar de la trampa que supone el euro.

El África del mediterráneo se está convirtiendo en reserva energética, turística y suministradora de productos agrícolas y manufacturados ligeros para la Unión Europea. La integración con los países del mediterráneo norte y del este de Europa en un espacio monetario y financiero común, puede convertirse en una oportunidad para superar el marasmo político e ideológico en que se encuentran los países del Magreb y del Makrech, a consecuencia del fracaso del modelo desarrollista en los años ochenta, y el posterior auge del fundamentalismo islámico.

En su conjunto, el Mediterráneo y el este de Europa agrupa un conjunto de formaciones sociales con un elevado grado de simetría productiva, países en los cuales la política monetaria y fiscal encuentra una confluencia de intereses, facilitando la puesta en marcha de políticas basadas en el pleno empleo de los recursos productivos y de mejora gradual de las condiciones de vida.

La polarización productiva y los intereses contradictorios que caracterizan a la Eurozona sería sustituida por un espacio de desarrollo post-capitalista, que supondría un modelo alternativo a largo plazo también para otros países de la periferia europea como Irlanda, donde se expresa actualmente el agotamiento del modelo de acumulación basado en la desfiscalización de las rentas del capital y la implantación de sedes de multinacionales norteamericanas y japonesas, o incluso para países del centro europeo, como Bélgica o Gran Bretaña, cuya inserción en la división europea del trabajo es cada vez más problemática.

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