La opción

La privatización de la sanidad como la que, tras el ensayo de Valencia y Madrid, está impulsando el Partido Popular en España, permite ampliar las opciones y reducir costos. Cuando la Gran Crisis contemporánea mostraba sus primeros síntomas, L.C. Lewin previó lo que esto significaba, en una novela de ciencia/política-ficción que no era de ficción  en la realidad de la sanidad y la política de los Estados Unidos de América, pero que resulta asombrósamente premonitoria de lo que está empezando a ocurrir, cuarenta años después, en España. Aquí os dejo el capítulo pertinente de una novela (?) de rabiosa actualidad.

Leonard C. Lewin: La Opción (Triage). Trad. Domingo Santos. Ediciones Acervo, Barcelona 1976 (ed. orig. 1972)

II

1

—¿Cuántas camas vacantes tenemos hoy, Winston?

 —Cuatro.

 —Lo cual hace exactamente cuarenta pérdidas este mes, sin contar los que se han ido de una forma natural, ¿no es así?

 —Exacto. No está mal, ¿verdad?

—No, no está en absoluto mal. ¿ Crees que alguien sospecha?

—No hay ninguna razón para creerlo. Y no creo que nadie llegue a sospechar, si tenemos la precaución de no ir demasiado aprisa. Ya sabes que, estadísticamente, nuestras pérdidas han aumentado tan sólo en un sesenta por ciento.

—Quizá sea un poco alto.

—Indudablemente, Sam. Pero no está demasiado lejos de las normales variaciones mensuales. Y lo importante es que muy pronto las pérdidas van a empezar a bajar.

 —¿Cuándo, según tú? Quiero decir: estadísticamente, ¿ cuándo crees que nuestras cifras van a alcanzar el ritmo normal?

—Dentro de cuatro o cinco meses, calculo. Aceptando, por supuesto, que estemos en condiciones de mejorar la calidad de nuestras nuevas admisiones en la medida que esperamos.

—No está mal,  no está mal en absoluto.

2

—Doctor Post, ¿es mi imaginación, o estamos perdiendo más pacientes de edad avanzada de lo que es habitual? En las últimas semanas, me refiero.

 —Bueno, la verdad es que no lo sé, Helen, no se me ha ocurrido pensar en ello. Claro que si lo desea puede comprobarlo fácilmente examinando las cifras.

 ——Oh, no vale la pena. Usted pensará probablemente que soy una metomentodo haciendo estas preguntas.

—No sea tonta, Helen. Puede que tenga usted razón. Pero si es así, ¿qué significará eso? Tenemos nuestras altas y bajas, algunas veces son más, otras son menos. No existe un porcentaje normal… A propósito, ¿cómo se encuentra hoy el sarcoma del 21B? ¿Sigue quejándose?

—Sí, doctor; pero se encuentra algo mejor que ayer.

—Bueno, creo que podemos aumentar su dosis de morfina. No hay ninguna razón para que le hagamos sufrir inútilmente, pobre viejo bastardo, con lo poco que le queda de vida.

 —Se le administra ya una cantidad bastante fuerte, doctor.

 —Lo sé. Pero si un poco más de dosis lo alivia, ¿qué diferencia hay? Lo anotaré en su historial.

 —Doctor Post, ¿ tiene el chico del 4B alguna posibilidad?

—Depende de lo que usted entienda por posibilidad, Helen. Si se refiere usted a continuar respirando … sí, la tiene, al menos por unos meses. Si quiere decir volver a llevar una vida normaL.. no, no tiene ninguna posibílídad. Sólo quedan restos de su cerebro y sistema nervioso central. Teniendo en cuenta lo que le ocurrió, es ya asombroso que llegara vivo al hospital.

—No puedo dejar de pensar que en estas circunstancias hubiera sido quizá mejor que no llegara.

 —Por supuesto. Sus padres creyeron haber tenido suerte pudiéndolo traer hasta aquí tan rápidamente. Pero se equivocaban. Si hubieran tenido que esperar los treinta o cuarenta minutos que tarda en llegar la ambulancia de urgencias en esta condenada ciudad, hubiera sido mu— cho mejor para ellos.

 —Pero ellos jamás lo hubieran admitido. Hubiera dicho que si la ambulancia hubiera llegado con más rapidez, se habría podido salvar.

—Probablemente. Creo que voy a visitado ahora …

3

—Sam, no lo comprendo. ¿Para qué demonios está guardando Winston esas camas vacías?

 —No lo sé. ¿Por qué no se lo preguntas? Imagino que será por las razones de costumbre.

 —Sam, las únicas razones de costumbre legítimas serían reservarlas para las urgencias. No sé exactamente cuántas camas se supone que hemos de mantener dispo nibles, pero estoy seguro de que no son tantas como las que he visto cada día a lo largo de esta semana. Tengo tres enfermos crónicos que están esperando hace más de ocho días para ingresar, y esas camas vacías me tienen perplejo.

 —John, no sé las razones de esas camas vacías, pero creo imaginar algo al respecto. Winston está intentando parar la admisión de enfermos crónicos, que ocupan sus camas durante meses y meses antes de morirse. Demasiados de ellos, muchos más que nunca, son traídos hasta nosotros por sus familiares, que quieren desembarazarse de ellos traspasándonoslos. Sé que a Winston no le gusta el no poder atender a otros pacientes porque el hospital se haya convertido en un asilo de achacosos ancianos aquejados de alguna dolencia incurable.

 —De acuerdo, Sam, pero esto no es nuevo. No pido que se acoja a los enfermos crónicos cuando hay urgencias esperando afuera en la calle. Pero no es Winston quien ha de juzgar si yo puedo traer mis pacientes aquí, sean crónicos o de cualquier otro tipo. El es tan solo un administrador, y la única flexibilidad que puede tener en la asignación de camas es decidir cuántas de ellas debe reservar de un modo razonable para urgencias. Me parece que últimamente se está pasando de la raya.

 —No saquemos conclusiones tan aprisa, John. Ninguno de los dos sabemos las disponibilidades de personal para las próximas semanas, y si las admisiones siguieran al ritmo habitual tal vez nos produjeran quebraderos de cabeza dentro de algunos días. Ya sabes el tiempo que te hacen perder los enfermos crónicos, cuidándolos y atendiéndolos para nada.

 —¿Y qué otra cosa podemos hacer, Sam? Tú hablas de asilos para ancianos, pero la mayor parte de estos enfermos crónicos ni siquiera tienen esta alternativa. Ni ninguna otra.

 —Si yo poseyera autoridad para dictar normas a las admisiones, sería aún más duro que eso. Forzaría a las gentes responsables a que cuidaran ellos mismos a sus crónicos e incurables. Y cuando no pudieran, forzaría al estado o a la ciudad o al gobierno federal a que aceptara sus responsabilidades. Tarde o temprano tendrán que decidirse a hacer algo al respecto. No pueden seguir con fundiendo la práctica de la medicina terapéutica con el cuidado de moribundos a expensas de pacientes que pueden ser salvados. Perdemos demasiados casos que podrían ser solucionados por estar ocupándonos de estos otros.

—Sam, en otras palabras, estás diciendo que el gobierno debería poner un límite que frenara la afluencia de pacientes de edad avanzada. Un límite monetario, algo así como tres meses de hospitalización y no más. Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo con eso.

—¿Por qué no? John, esto es lo que estamos haciendo en realidad. ¿Por qué no lo reconocemos francamente, y actuamos en consecuencia, en lugar de dejado todo en manos del azar, sin tener en cuenta las prioridades?

—Lo que estás diciendo, Sam, es en cierto modo jugar a ser Dios. Podría funcionar, pero no estoy de acuerdo con ello. No creo que todo se reduzca a un simple problema de parentesco y procedimiento. Una crisis es una cosa, cuando uno tiene que abandonar a un paciente para salvar a otro, pero aquí no hay ninguna crisis. Estoy de acuerdo contigo si se trata de obtener más dinero de los fondos públicos para dar mayores facilidades a los crónicos y a los incurables, pero digas lo que digas yo jamás abandonaré a uno de mis pacientes si no me veo absolutamente obligado a ello. Y si es Winston quien está pretendiendo esto, lucharé también con él si es necesario.

4

—Tenemos problemas, Winston. Helen O’Connor, del cuarto piso, está empezando a hacerse preguntas acerca del índice de defunciones. Y John Neustadt ha empezado a murmurar esta mañana acerca de las camas vacías.

Me ha dicho que iba a ponerse en contra tuya si no le dabas una respuesta satisfactoria.

—Bueno, esperábamos algo así, ¿no? ¿Lo has sondeado respecto a su actitud?

—Sí, y es negativa. Quiere plantear el asunto en la próxima reunión del consejo directivo. Tendrías que anticiparte anunciando la nueva política restrictiva. Yo ya me ocuparé de que tengamos suficientes camas ocupadas de aquí a entonces para justificar tu postura.

—¿ Crees que estamos preparados para iniciar una etapa de fuerza?

—Sí. En las actuales circunstancias, no veo que tengamos otra elección, y creo que las cosas están bien así. Imagino que las estadísticas estarán listas.

—Por supuesto. ¿Piensas interrumpir las pérdidas hasta entonces?

—No. Pero pienso limitarlas a tres. E intentaré admitir el mayor número de urgencias dentro del mismo día; eso ayudará. El 21B caerá esta noche, el 4B y el 8A durante el fin de semana. De aquí al viernes puedo tener como mínimo seis nuevas altas, quizá incluso nueve. De uno u otro modo, estaremos llenos cuando llegue la reunión del lunes. ¿No te parece que será oportuno?

—Perfecto. Entonces tendremos un auténtico hospital entre las manos, gracias a Dios.

5

—Nettie, no existe ninguna razón para que te culpes por ello. Sabes que has hecho todo lo que podías por tu padre, y los médicos también.

—Lo sé, lo sé. Pero sigo sintiéndome culpable de todos modos. Porque ha habido momentos en que realmente deseaba que todo acabara.

—No es tan terrible como eso, Nettie. Has oído lo que ha dicho el doctor. Si tu padre hubiera vivido otra semana, un mes, o dos, o bien hubiera sufrido enormemente todo el tiempo, o bien hubiera sido necesario drogarlo hasta tal punto que ni siquiera se hubiera dado cuenta de lo que ocurría a su alrededor. ¿De qué hubieran servido entonces nuestros esfuerzos?

—¡Oh, ya sé lo que ha dicho el doctor! ¿Pero cómo puede saber el doctor lo que pensaba mi padre? ¿Cómo puede saber que no hubiera preferido seguir viviendo, aun a costa de muchos sufrimientos? Sólo porque no po día hablar. No puedo dejar de pensar que tal vez se hu— biera mantenido mucho más tiempo si no lo hubieran drogado tanto. Y que esto es lo que él hubiera deseado. ¡Nadie se lo preguntó!

—Nettie, estás diciendo insensateces. Sabes que hicimos todo lo posible por salvarlo. Nos atacas a nosotros porque te sientes culpable. Porque deseabas en realidad que todo terminara. Y yo también lo deseaba. ¿Y quién no lo hubiera deseado, por Dios? ¿Qué mal hay en ello? Deja de pensar en lo que tu padre hubiera deseado.

¿ Hubieras deseado tú realmente que durara tres meses más así?

***

Cualquiera que piense que el doctor Sam Post y el administrador Winston van a tener problemas a causa de sus métodos de eliminación de los casos desesperados de los registros del hospital está equivocado. Nadie aceptará, aunque pueda llegar a sospechar de modo pasajero, la ultrajante idea de que están haciendo precisamente lo que están haciendo. Esta es la gran ventaja táctica de la audacia, y ellos lo saben tan bien como cualquier criminal profesional, entrenador de atletismo o demagogo. El doctor Neustadt podrá hacer algunas preguntas embarazosas acerca de la nueva política restrictiva, pero las cosas no pasarán de ahí. Ambos van muy por delante de él.

Cualquier «explicación» de las motivaciones psicológicas del doctor Post sería superflua en esta historia. Ha pasado toda su vida profesional en el negocio de emitir juicios acerca de quién puede vivir y quién debe morir.

La decisión de destruir una vida no es muy distinta a la de luchar por salvar otra… ni en escala ni en forma ni en distinción. Y siempre sabe a quien está «acabando»; no puede aislarse a sí mismo con un confortable almohadón de abstracción, como hacen los que toman tales decisiones sobre una base estadística para mantener una política.

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